PROGRAMANDO LA CAÍDA PERFECTA

(El Diván - Columna de reflexión)



Desde tiempos inmemoriales, el ser humano miraba al cielo y deseaba volar. Con el tiempo aprendió a hacerlo y, aunque no podemos volar al nivel de los pájaros, el ingenio y la tecnología lo hizo posible.

Una vez que ya logramos volar, nos planteamos si podríamos saltar desde grandes alturas y caer con éxito. ¿Sería posible programar la caída perfecta? La ciencia nos dijo que sí. 


Según los físicos, si pudiéramos caer de tal manera que nuestro cuerpo estuviera en perfecta alineación con la gravedad, podríamos amortiguar el impacto y evitar lesiones. ¿Pero hasta qué altura podríamos sobrevivir o conseguir minimizar al máximo las consecuencias del impacto? Ahí las respuestas no son ya tan unánimes.


Lo curioso de plantearnos esta segunda pregunta es si lo realizamos por el miedo a las posibles caídas una vez estamos en el aire o si son motivadas por el propio morbo de saber qué pasará.


Si es por lo primero, cualquier conocimiento y formación para la supervivenvia siempre será bienvenida. Pero si es por el morbo... ¿qué necesidad?

Pero es que el morbo alimenta partes del ser humano que se mueven entre su curiosidad por experimentar en primera persona y el disfrute de ver en ciertas situaciones a otros.


A día de hoy, el morbo hacia los demás tiene mucho tirón y hace que vivamos situaciones surrealistas e incluso desagradables. Incluso podríamos decir que la cuestión de la caída perfecta se ha trasladado a diferetes apartados del ámbito social, como un experimento a gran escala en el cual los políticos plantean escenarios y dirigen las acciones con decisiones que se endosan a inexistentes expertos y, lo peor de todo, con nula evidencia científica y cero ética moral.


Si perdemos el timón de los valores y dejamos de lado a los expertos de verdad, las sociedades comprobarán empíricamente lo que supone una caída perfecta.

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EL COSTE DE UNA SIMPLE OPINIÓN


¿Alguna vez se ha sentido mal tras decir lo que pensaba? Meteduras de pata tenemos todos y en ese caso rectificar suele ser una "sabia" decisión, pero en esta ocasión me refiero al malestar tras ver que un comentario sin más recibe una desaprobación y ataques que parecen irracionales y desproporcionados.


Este fenómeno se da mucho en redes sociales como Twitter, donde la interacción al no ser cara a cara ni tener otra "metainformación" sobre lo comentado (contexto, antecedentes, etc.), da lugar a malentendidos que a veces se resuelven tras intercambiar varios mensajes y otras veces generan polémicas que se vuelven virales.


Como en todo, lo temas políticos, deportivos y de fenónemo fan suelen ser terrenos abonados a la polémica constante y hasta gratuita. Y es que existe también determinada gente que disfruta en el barro de la discusión, más aún si se esconden tras avatares y la difusa falsa identidad que se adquiere en los espacios virtuales.


Tener autocontrol y contar hasta 10 antes de entrar en debates subidos nos ahorrará disgustos mentales, emocionales y hasta para el bolsillo, porque cada vez son más las personas que hartas de recibir insultos o amenazas por manifestar su opinión de forma moderada están decidiendo actuar frente a ello.


Y no me parece mal. Creo que cualquiera debe ser responsable de sus actos/palabras y afrontar las consecuencias de ello, que para eso vamos teniendo una edad. Lo que si me parece mal (y sobre todo irresponsable) es leer a políticos o personajes públicos participando en ataques o poniendo en el punto de mira a personas por no pensar como ellos o rebatir sus comentarios.


Si la política actual ha de vivirse y valorarse a golpe de tweet, mal vamos. Porque así sólo quedarán palabras que con el tiempo se desvanecerán y la verdadera política será un modo de vida sin carácter de servicio público al ciudadano, ya sea éste o no, tuitero.

IDENTIDADES ROBADAS Y PERDIDAS


Hace unos años, allá por el 2018 y en un centro deportivo de cuyo nombre no quiero acordarme, un sujeto se dedicó a robar en los vestuarios mientras disputábamos un partido. Carteras, móviles y llaves fueron su botín. 


Inmediatamente se denunció el hecho y cuando ya parecía quedar lejano, el verano pasado un mail que al principio consideré el típico de fraude (pero menos mal que revisé) me alertaba del uso de mi DNI tratando de hacer una compra a plazos. Inmediatamente volví a comisaría para denunciar el hecho pero a día de hoy, pocas novedades al respecto.


Tuve la "suerte" de enterarme porque la entidad a través de la que querían financiar su pedido había sido la misma con la que pagué la compra de mi coche. Por eso enviaron información a mi correo y entre otras cosas tuve conocimiento de que habían hecho unas nóminas para tratar de completar el pago de compra.


Posiblemente haya pasado en otros establecimientos y no descarto recibir nuevos avisos más adelante, pero desde ese momento he intentando minimizar aún más la publicación o cesión de datos personales, aunque creo que sirve de poco o nada; el delincuente siempre va por delante y muchos conocen la ley tan bien que saben hasta dónde pueden llegar sin tener el más mínimo problema.


Esta situación, además de preocupación e indefensión, a uno le genera muchas preguntas y dudas con la legislación vigente. Porque hay cuestiones que son muy díficiles de entender, como ocurre con el tema de la ocupación.


No entrando en ese debate, en mi caso la identidad ha tratado de ser robada. Pero si pienso en aquellos desplazados por las guerrras veo que a ellos directamente se les está quitando la identidad, borrando en segundos todo lo que han vivido hasta ahora. Y si me cuesta imaginar la ocupación de una casa, no le cuento lo que pienso de ocupar un país.

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